Argentina tiene petróleo para despegar, pero todavía arrastra un ancla: impuestos, provincias y una política que no se pone de acuerdo
Mientras Javier Milei celebra un récord histórico de exportaciones y apuesta a Vaca Muerta como motor del crecimiento, los argentinos siguen enfrentando salarios ajustados, comercios con dificultades y una recuperación que no llega a todos. El Gobierno nacional propone un camino
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- Mientras Javier Milei celebra un récord histórico de exportaciones y apuesta a Vaca Muerta como motor del crecimiento, los argentinos siguen enfrentando salarios ajustados, comercios con dificultades y una recuperación que no llega a todos.
- El Gobierno nacional propone un camino, las provincias defienden sus recursos y la oposición cuestiona sus consecuencias.
- Pero hay una pregunta que nadie debería esquivar: ¿cuánto del esfuerzo económico se pierde antes de llegar al bolsillo de la gente?
Mientras Javier Milei celebra un récord histórico de exportaciones y apuesta a Vaca Muerta como motor del crecimiento, los argentinos siguen enfrentando salarios ajustados, comercios con dificultades y una recuperación que no llega a todos. El Gobierno nacional propone un camino

Mientras Javier Milei celebra un récord histórico de exportaciones y apuesta a Vaca Muerta como motor del crecimiento, los argentinos siguen enfrentando salarios ajustados, comercios con dificultades y una recuperación que no llega a todos. El Gobierno nacional propone un camino, las provincias defienden sus recursos y la oposición cuestiona sus consecuencias. Pero hay una pregunta que nadie debería esquivar: ¿cuánto del esfuerzo económico se pierde antes de llegar al bolsillo de la gente?
Un país que exporta millones mientras su gente cuenta monedas
Argentina acaba de alcanzar un resultado que merece atención. Durante septiembre de 2026, las exportaciones superaron por primera vez los 10.000 millones de dólares en un solo mes. El país vendió al exterior 10.036 millones de dólares y consiguió un superávit comercial de 2.976 millones.
No es una cifra menor para una economía que durante décadas sufrió dificultades para generar divisas, sostener sus reservas y financiar su crecimiento.
El presidente Javier Milei destacó estos resultados durante su participación en la Expo Argentina Oil & Gas Patagonia 2026, celebrada en Neuquén, donde presentó a Vaca Muerta como una de las grandes oportunidades para transformar la economía nacional.
Pero mientras los números del comercio exterior muestran avances, millones de argentinos siguen haciendo cuentas frente a las góndolas.
Porque hay una realidad que ningún discurso presidencial debería ignorar: un país puede exportar más, producir más petróleo y anunciar inversiones millonarias mientras muchas familias continúan sin llegar cómodamente a fin de mes.
Las dos cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo.
Y reconocer una no significa negar la otra.
Vaca Muerta: una oportunidad que Argentina no puede desperdiciar
El desarrollo de Vaca Muerta representa una oportunidad estratégica para generar divisas, ampliar exportaciones, desarrollar infraestructura y crear puestos de trabajo.
Según las cifras presentadas por el Presidente, la producción petrolera de esa formación pasó de aproximadamente 310.000 barriles diarios en 2023 a más de 670.000 en agosto de 2026.
El Gobierno atribuye parte del crecimiento a sus reformas económicas y regulatorias. Sin embargo, el desarrollo de Vaca Muerta también es resultado de inversiones, infraestructura y decisiones empresariales e institucionales acumuladas durante varios gobiernos.
Eso es importante porque los recursos energéticos no pertenecen a un partido político.
No son de Milei, del kirchnerismo ni de ningún gobernador.
Son una oportunidad de desarrollo que debería trascender los calendarios electorales.
El RIGI, los nuevos oleoductos y los proyectos de exportación de gas natural licuado forman parte de las herramientas con las que el Gobierno busca ampliar esa actividad.
Ahora bien, hay una diferencia enorme entre anunciar una inversión y verla convertida en una obra terminada, una fábrica funcionando o un trabajador cobrando su sueldo.
Los millones de dólares anunciados no pagan la cuenta del supermercado. Las inversiones efectivamente realizadas, cuando generan producción y empleo, sí pueden contribuir a mejorar la economía.
Por eso el desafío no termina con celebrar un récord.
Comienza cuando hay que transformar esa riqueza en desarrollo.
Las provincias: ¿socias del crecimiento o parte del problema?
Aquí aparece una discusión que suele quedar escondida detrás de las peleas entre el Presidente y los gobernadores.
Argentina no tiene solamente impuestos nacionales. También existen impuestos provinciales, tasas municipales, regímenes de retención y numerosas obligaciones administrativas que afectan a empresas, comerciantes y productores.
Una empresa puede enfrentar costos en los tres niveles del Estado antes de vender su producto.
Y uno de los tributos más cuestionados es Ingresos Brutos.
A diferencia de un impuesto aplicado únicamente sobre la ganancia, Ingresos Brutos puede gravar distintas etapas de la actividad económica. Según el sector y la cadena comercial, ese mecanismo puede acumular costos que terminan trasladándose a los precios.
En una encuesta de KPMG publicada en 2026, el 60,81% de los participantes señaló a Ingresos Brutos como el impuesto de mayor impacto sobre los bienes y servicios comercializados.
Ese dato merece una discusión mucho más seria que el intercambio habitual de acusaciones.
Porque cuando un gobernador exige crecimiento económico, pero mantiene una estructura tributaria que las empresas consideran un obstáculo para invertir, corresponde preguntar qué está haciendo para resolver esa contradicción.
No alcanza con pedirle al Gobierno nacional que genere condiciones para invertir si después cada jurisdicción agrega costos que dificultan producir, contratar o vender.
Sin embargo, tampoco corresponde afirmar que todas las provincias actúan igual. Algunas presentan mejores resultados fiscales que otras, tienen estructuras productivas diferentes y afrontan responsabilidades de gasto que no pueden desaparecer por decreto.
La crítica debe apuntar a decisiones concretas, no solamente al color político de cada gobernador.
Buenos Aires y el desafío de producir con una pesada estructura tributaria
La provincia de Buenos Aires merece una atención especial por su peso económico, industrial y poblacional.
En la encuesta de KPMG, las empresas participantes la identificaron como la jurisdicción de mayor presión fiscal.
Esto plantea preguntas importantes para la administración de Axel Kicillof.
¿Qué medidas se están tomando para simplificar el sistema tributario? ¿Cómo se facilita la inversión privada? ¿Qué mecanismos permiten reducir los saldos a favor que acumulan contribuyentes? ¿Cuánto cuesta cumplir con las obligaciones provinciales y municipales?
Pero la evaluación también debe considerar qué servicios se financian con esos recursos y cómo se sostendrían si se redujeran los impuestos.
No basta con exigir menos carga tributaria sin explicar cómo se financiarán escuelas, hospitales, seguridad e infraestructura.
Del mismo modo, no basta con invocar esos servicios para justificar cualquier nivel de recaudación.
Un impuesto no se vuelve eficiente porque financie una necesidad legítima. Su diseño, sus efectos y el destino de lo recaudado también importan.
La provincia tiene responsabilidades propias y necesita demostrar que sus políticas favorecen tanto la prestación de servicios como la actividad productiva.
Ese examen debe aplicarse también a las jurisdicciones gobernadas por partidos aliados del Presidente.
Porque los impuestos no se vuelven menos costosos cuando los cobra un dirigente de nuestro espacio político.
La oposición y el Gobierno: dos discursos que necesitan demostrar resultados
Desde distintos sectores de izquierda y del peronismo se cuestiona el ajuste fiscal, la reducción de determinadas partidas presupuestarias y el impacto social de las reformas impulsadas por Milei.
Son discusiones legítimas.
Los salarios, el empleo, la educación, la salud y la protección social son cuestiones que deben formar parte de cualquier evaluación económica.
Pero también corresponde exigir respuestas concretas a quienes proponen aumentar el gasto.
¿De dónde saldrán los recursos? ¿Qué impuestos se modificarían? ¿Cómo se evitaría volver a financiar desequilibrios mediante inflación o endeudamiento insostenible?
La oposición no necesita compartir el programa económico del Presidente. Pero una alternativa de gobierno requiere algo más que señalar sus problemas.
Necesita explicar cómo los resolvería.
Y el oficialismo enfrenta exactamente la misma obligación.
Puede destacar el récord exportador, la disciplina fiscal y el crecimiento energético. Pero esos resultados no lo eximen de responder por la situación de quienes siguen enfrentando dificultades para conseguir trabajo, sostener sus comercios o recuperar poder adquisitivo.
El equilibrio fiscal es un indicador de las cuentas públicas. El bienestar de una familia se mide también por sus ingresos, su empleo y su capacidad de vivir dignamente.
Confundir ambas cosas puede producir discursos triunfalistas que no coinciden con la experiencia cotidiana de la población.
El verdadero problema: un país que necesita coordinación, no una guerra permanente
La relación entre Nación y provincias está atravesada por diferencias políticas, reclamos presupuestarios y responsabilidades constitucionales.
El Gobierno nacional administra instrumentos centrales de la política económica, pero los gobiernos provinciales también influyen sobre las condiciones para producir e invertir.
Por eso resulta insuficiente atribuir todos los problemas al Presidente o responsabilizar exclusivamente a los gobernadores.
La presión tributaria, la infraestructura, la seguridad, la educación, la justicia y las regulaciones forman parte de un entramado de responsabilidades compartidas.
Un país puede conseguir un importante ingreso de dólares por exportaciones y, al mismo tiempo, mantener dificultades internas que limitan su capacidad de aprovechar ese crecimiento.
Si el objetivo es generar empleo y ampliar la producción, cada nivel del Estado debería revisar qué decisiones facilitan ese proceso y cuáles lo encarecen innecesariamente.
La pregunta central no debería ser qué partido político consigue imponer su relato.
Debería ser qué reformas permiten que una empresa invierta, que un trabajador consiga empleo y que una familia recupere capacidad de compra.
La heladera sigue esperando
La expresión puede resultar incómoda, pero describe una preocupación real: muchas familias todavía no perciben en su economía cotidiana los avances que muestran determinados indicadores nacionales.
Durante septiembre, la inflación mensual fue del 1,9%. Aunque muy inferior a los registros de los períodos de mayor aceleración inflacionaria, los precios continuaron aumentando.
La tasa de desocupación alcanzó el 7,9% en el segundo trimestre de 2026.
Y los datos de actividad muestran que la recuperación no avanza de manera uniforme.
Por eso sería un error presentar el récord exportador como prueba de que todos los problemas económicos están solucionados.
Pero también sería un error desconocer el crecimiento de las ventas externas simplemente porque la recuperación social todavía es insuficiente.
Una cosa es reconocer que el país está generando más dólares. Otra es comprobar cuándo y cómo esa mejora llega a los argentinos.
Ese es el examen que todavía está pendiente.
? Reflexión Capibara: de nada sirve que el barco avance si cada uno rema para su lado
Argentina tiene recursos naturales, trabajadores, empresas, universidades, conocimiento y capacidad productiva.
También tiene un problema que se repite desde hace décadas: demasiadas discusiones sobre quién debe conducir el país y pocos acuerdos duraderos sobre cómo hacerlo crecer.
Milei propone un modelo de estabilidad fiscal, desregulación e inversión privada. Sus resultados deben medirse con datos, tanto en sus avances como en sus costos.
Los gobernadores administran territorios, recursos y servicios esenciales. Sus decisiones tributarias y presupuestarias también deben someterse al mismo examen.
Y la oposición tiene derecho a cuestionar el rumbo nacional, pero debería acompañar cada crítica con propuestas concretas, financieramente viables y capaces de mejorar la vida de los ciudadanos.
La discusión no consiste en decidir si todo lo estatal es malo o si toda intervención pública es necesaria.
Consiste en determinar qué funciona, qué debe corregirse y qué resulta demasiado costoso para los beneficios que produce.
Porque el país no necesita que sus dirigentes se pongan de acuerdo en todo.
Necesita que dejen de convertir cada diferencia en una excusa para evitar responsabilidades.
Si Vaca Muerta genera riqueza, el desafío es que esa riqueza se convierta en desarrollo. Si los impuestos frenan inversiones, corresponde revisarlos. Si el ajuste perjudica servicios esenciales, corresponde corregir sus efectos. Y si una política funciona, debería poder mantenerse aunque cambie el gobierno.
Mientras tanto, la heladera de los argentinos no distingue entre impuestos nacionales, provinciales o municipales.
Tampoco pregunta quién ganó la última discusión televisiva.
Simplemente refleja cuánto dinero queda después de pagar todo lo demás.
Argentina puede tener el motor de Vaca Muerta, pero para avanzar necesita revisar también el peso que carga. Y esa responsabilidad no termina en la Casa Rosada: alcanza a cada gobernador, cada intendente y cada funcionario que administra recursos públicos.
Porque exportar petróleo puede traer dólares.
Pero transformar esos dólares en bienestar requiere algo bastante más difícil: que toda la política se haga responsable de sus decisiones.
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