En medio de un clima caliente dentro de la Policía bonaerense, empezó a circular una noticia que parecía traer alivio: un nuevo aumento salarial firmado por el gobernador . Pero cuando se baja el ruido y se revisa el contenido real, la historia cambia bastante.
Porque no hay aumento nuevo.
El decreto en cuestión no introduce una mejora salarial adicional, sino que formaliza incrementos que ya habían sido otorgados y cobrados meses atrás, específicamente en 2025. Es decir: lo que se presentó como novedad, en realidad es una regularización administrativa.
Y ahí aparece el problema.
Se comunicó como avance…
algo que ya estaba en el bolsillo hace tiempo
Eso no es menor, sobre todo en un contexto donde el reclamo salarial sigue vigente y el malestar dentro de la fuerza es evidente. Porque cuando hay expectativa, pero no hay mejora real, el efecto es inverso.
Genera frustración.
Además, el uso del término “retroactivo” sumó confusión. Para muchos, implicaba la posibilidad de un pago extra. Pero en los hechos, no se trata de dinero nuevo, sino de la formalización de algo ya liquidado.
Mientras tanto, los aumentos reales siguen siendo los previamente acordados.
Un 5% que, en muchos casos, se diluye por descuentos o aportes
Y un próximo tramo del 2,5% que todavía está pendiente
Es decir, incrementos que existen… pero que no necesariamente se sienten en el bolsillo.
El episodio deja expuesto otro tema más profundo.
No solo la cuestión salarial.
Sino la comunicación política.
Porque en escenarios sensibles como el de la seguridad, donde el desgaste es alto y las condiciones laborales son un reclamo constante, cualquier mensaje confuso tiene impacto directo.
Y en este caso, lo tuvo.
A eso se suma un fenómeno que ya es habitual: la amplificación en redes. Algunos sectores instalaron la idea de un “nuevo aumento” que no era tal, generando expectativas que después chocaron con la realidad.
Resultado:
más enojo
más desconfianza
y la sensación de que todo sigue igual
Porque cuando la política comunica movimiento, pero la realidad no cambia, el problema no es solo económico.
Es de credibilidad.
Y en fuerzas como la Policía, donde la percepción interna pesa tanto como el salario, eso se siente más que nunca.