Chile apoya a la Argentina… pero el barco igual sale: en Malvinas, la solidaridad termina donde empieza el negocio
Chile sostiene que respalda el reclamo argentino sobre las Islas Malvinas. Perfecto. Muchas gracias. Ahora guardemos el comunicado diplomático en el cajón porque en Punta Arenas están preparando algo bastante más concreto: un barco. La naviera chilena Easter Island avanza
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- Chile sostiene que respalda el reclamo argentino sobre las Islas Malvinas.
- Perfecto.
- Muchas gracias.
Chile sostiene que respalda el reclamo argentino sobre las Islas Malvinas. Perfecto. Muchas gracias. Ahora guardemos el comunicado diplomático en el cajón porque en Punta Arenas están preparando algo bastante más concreto: un barco. La naviera chilena Easter Island avanza

Chile sostiene que respalda el reclamo argentino sobre las Islas Malvinas. Perfecto. Muchas gracias. Ahora guardemos el comunicado diplomático en el cajón porque en Punta Arenas están preparando algo bastante más concreto: un barco. La naviera chilena Easter Island avanza con una ruta comercial directa hacia las islas y el primer viaje está previsto para noviembre.
Y acá empieza esa maravillosa diferencia entre la diplomacia y la realidad. En los comunicados podemos ser hermanos latinoamericanos, abrazarnos, hablar de integración regional y recordar que existe una disputa de soberanía. Pero cuando aparecen alimentos, repuestos, materiales de construcción, gas licuado y un mercado estimado en unos 20 millones de dólares anuales, parece que la hermandad necesita una calculadora.
No estamos hablando de una idea escrita en una servilleta. La Falkland Islands Development Corporation cerró un acuerdo con la naviera chilena y hacia fines de septiembre está prevista la llegada a Punta Arenas de una delegación empresarial de las islas para reunirse con proveedores. Después vendría el primer viaje, proyectado para noviembre. O sea: mientras nosotros discutimos Malvinas en discursos, otros ya están discutiendo precios, proveedores y fletes.
Y el negocio tiene lógica. Hoy Montevideo funciona como la principal conexión marítima sudamericana del archipiélago, con un recorrido cercano a los 2.000 kilómetros. Punta Arenas está aproximadamente a la mitad de esa distancia. Menos kilómetros, menos tiempo, potencialmente menos costo. No hace falta ser especialista en geopolítica: alcanza con saber usar una calculadora.
Desde Chile además tienen una explicación preparada. La ruta sería para abastecimiento general de la población y Easter Island niega que esté vinculada al proyecto petrolero Sea Lion. También sostienen que no violaría el compromiso regional de 2011 contra los barcos que utilizan la bandera de las islas porque la embarcación emplearía otra bandera. Técnicamente puede ser una discusión interesante. Geopolíticamente, el resultado es bastante más sencillo: las Malvinas quedarían mejor conectadas con Sudamérica.
Y ahí está el verdadero problema argentino. No necesitamos acusar a Chile de traición ni empezar una pelea absurda al otro lado de la cordillera. Chile está haciendo algo muchísimo más sencillo: está defendiendo intereses chilenos. Quizás los argentinos deberíamos tomar nota.
El alcalde de Punta Arenas, Claudio Radonich, viene impulsando la conexión y sostiene que las restricciones regionales adoptadas desde 2011 le hicieron perder a Magallanes alrededor de US$300 millones. Además calcula que actualmente existe en las islas un poder de compra cercano a US$20 millones anuales. Traducido del diplomático al castellano: “Argentina, te acompañamos con Malvinas... pero esos veinte millones nos interesan”.
¿Está mal? Desde el punto de vista argentino, claramente tenemos razones para preocuparnos. Desde el punto de vista chileno, probablemente estén pensando exactamente lo contrario. Porque los países serios no administran sus relaciones internacionales solamente con sentimientos. Administran intereses.
Y esta quizás sea la lección más importante de toda esta historia. Chile juega para Chile. Gran Bretaña juega para Gran Bretaña. Estados Unidos juega para Estados Unidos. Uruguay juega para Uruguay. China juega para China. ¿Y Argentina? Argentina demasiadas veces juega un apasionante campeonato interno para determinar quién puede gritar más fuerte “Las Malvinas son argentinas”.
Mientras tanto, el barco carga.
Ese barco importa mucho más de lo que parece. Porque no transportará solamente verduras, vino, materiales o repuestos. Una conexión comercial regular puede reducir costos, facilitar abastecimiento y profundizar la integración económica de las islas con el extremo austral sudamericano. Y cada conexión logística que funciona normalmente contribuye, aunque sea indirectamente, a hacer más sustentable la vida económica bajo la administración británica.
Ahí debería estar mirando Argentina.
Porque nuestra estrategia no puede limitarse a pedirles a nuestros vecinos que no hagan negocios. Tenemos que conseguir que les resulte más conveniente acompañarnos que ignorarnos.
Esa es la parte difícil.
Queremos que Punta Arenas no abastezca las islas. Perfecto. ¿Qué alternativa económica ofrecemos a Punta Arenas? Queremos que Uruguay mantenga restricciones. Perfecto. ¿Qué gana Uruguay acompañándonos? Queremos apoyo latinoamericano. Perfecto. ¿Qué estrategia regional construimos para conservarlo?
Porque pedir solidaridad es gratis.
Conseguir que la solidaridad sobreviva cuando aparecen veinte millones de dólares sobre la mesa es geopolítica.
Y hay algo todavía más incómodo. Mientras Chile estudia cómo venderle productos a las islas, empresas vinculadas al Reino Unido avanzan con Sea Lion y Argentina intenta aumentar las sanciones contra quienes participen de la explotación de hidrocarburos sin autorización nacional.
Uno mueve petróleo.
Otro mueve mercadería.
Nosotros tenemos que mover estrategia.
No alcanza con mandar una protesta diplomática.
Tampoco con indignarnos con Chile durante una semana hasta que aparezca otra noticia.
Argentina necesita puertos competitivos en la Patagonia, presencia marítima, Marina Mercante, industria naval, infraestructura en Tierra del Fuego, logística antártica, control pesquero, investigación científica, Fuerzas Armadas equipadas y una Cancillería capaz de convertir el apoyo retórico de nuestros vecinos en compromisos concretos.
Porque soberanía también es logística.
Esta ruta chilena acaba de explicarlo mejor que cien discursos.
Podemos tener un mapa escolar donde las Malvinas aparecen pintadas de celeste y blanco. Podemos enseñar su historia. Podemos llevar el reclamo a Naciones Unidas. Podemos repetir correctamente que son argentinas.
Pero después aparece un empresario con un barco, descubre que puede reducir el viaje a la mitad y pregunta:
“¿Cuánto puedo ganar?”
Y ahí comienza la geopolítica de verdad.
Chile no necesariamente dejó de apoyar diplomáticamente el reclamo argentino. Esa sería una conclusión exagerada. Puede continuar reconociendo la disputa de soberanía y simultáneamente permitir que empresas chilenas comercien con los habitantes de las islas.
Precisamente esa contradicción es lo interesante.
Porque nos demuestra cuánto vale a veces un apoyo diplomático cuando aparecen intereses económicos concretos.
No hace falta enojarnos.
Hace falta aprender.
- Capibara Reflexiona
Quizás deberíamos agradecerle algo a Chile.
Nos está dando una clase gratuita de relaciones internacionales.
Cada país juega para sí mismo.
No hay amigos eternos.
No hay enemigos eternos.
Hay intereses.
Chile puede levantar la mano junto a Argentina en un foro internacional y al día siguiente un empresario de Punta Arenas puede preguntarse cuánto cuesta mandar un contenedor a Malvinas.
Las dos cosas pueden ocurrir simultáneamente.
Por eso nuestra respuesta no debería ser:
“¡Traidores!”
Debería ser mucho más inteligente:
“¿Qué tenemos que hacer para que no les convenga?”
Ahí cambia todo.
Porque si queremos recuperar algún día las Malvinas por la vía pacífica, no alcanza con tener razón histórica.
Tenemos que acumular poder económico.
Diplomático.
Logístico.
Militar defensivo.
Científico.
Comercial.
Regional.
Argentina tiene que convertirse en un actor tan importante en el Atlántico Sur que acompañar sus intereses resulte conveniente.
Mientras eso no ocurra, tendremos declaraciones preciosas de solidaridad.
Y después veremos pasar los barcos.
Chile está jugando su partido.
Gran Bretaña juega el suyo desde hace casi dos siglos.
Quizás sea hora de que Argentina deje de mirar la tribuna y empiece a jugar el suyo.
Porque en Malvinas los comunicados dicen mucho.
Pero los barcos dicen bastante más.
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