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04/09/2026 — BATÁN / MAR DEL PLATA

En la cancha se ven los pingos: ser veterano merece respeto, pero Malvinas no pertenece a ningún partido

Redacción Capibarapress · Publicada 04/09/2026 10:58

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Aldo Leiva estuvo en Malvinas.

Eso merece respeto.

Punto.

Pero Aldo Leiva también es diputado nacional de Unión por la Patria.

Y eso significa que sus declaraciones actuales no deben analizarse solamente desde su condición de veterano de guerra, sino también desde algo absolutamente legítimo pero completamente diferente:

es un dirigente político.

Después del discurso de Javier Milei sobre Malvinas, Leiva salió con los tapones de punta.

“Presidente, le faltó decir: si quieren venir que vengan”, escribió, evocando deliberadamente aquella tristemente célebre frase de Leopoldo Fortunato Galtieri.

Después fue todavía más lejos.

Comparó políticamente la situación actual con los últimos tiempos de la dictadura, sostuvo que el Gobierno de Milei “se cae a pedazos” y acusó al Presidente de utilizar Malvinas para intentar recuperar apoyo popular.

Una comparación fuerte.

Muy fuerte.

Quizás demasiado fuerte.

Porque existe un pequeño detalle que no deberíamos perder en medio de la pelea política:

Milei no anunció una guerra.

No anunció un desembarco.

No movilizó tropas hacia las islas.

No llamó a recuperar Malvinas por las armas.

No dijo “si quieren venir que vengan”.

Anunció sanciones económicas, herramientas jurídicas, presión diplomática y medidas destinadas a reforzar la posición argentina en el Atlántico Sur.

Uno puede considerar que son insuficientes.

Puede pensar que llegan tarde.

Puede sospechar que existe oportunismo electoral.

Puede cuestionar la relación de Milei con Donald Trump.

Puede señalar contradicciones anteriores del Presidente respecto de Margaret Thatcher.

Todo eso es perfectamente discutible.

Pero comparar una estrategia anunciada como diplomática, económica y jurídica con el discurso que precedió a una guerra parece necesitar bastante más explicación que una frase ingeniosa.

Especialmente cuando quien realiza la comparación conoce mejor que prácticamente cualquiera de nosotros lo que significa una guerra.

Leiva también planteó una preocupación que sí merece ser tomada seriamente.

Estados Unidos tiene intereses geopolíticos, militares, energéticos y económicos en el Atlántico Sur.

Por supuesto que los tiene.

Sería extremadamente ingenuo pensar lo contrario.

Donald Trump no se levantó una mañana, miró un mapa y descubrió emocionado que la Argentina tenía un reclamo histórico pendiente.

Estados Unidos juega su partido.

El Reino Unido juega el suyo.

China juega el suyo.

Chile juega el suyo.

Brasil juega el suyo.

Y Argentina debería aprender definitivamente a jugar el propio.

Leiva plantea que no quiere reemplazar la influencia británica por una estadounidense.

Perfecto.

En eso podemos incluso coincidir.

Argentina no necesita cambiar de dueño porque Argentina no tiene dueño.

Pero ahí aparece otra pregunta.

Si Estados Unidos, por sus propios intereses, entra en contradicción con el Reino Unido y esa contradicción abre una ventana diplomática favorable para nuestro país, ¿Argentina debería desaprovecharla?

¿Porque Trump nos cae mal?

¿Porque Milei nos cae mal?

¿Porque Estados Unidos busca obtener algún beneficio?

Bienvenidos a la geopolítica.

Los países rara vez ayudan a otros por amor.

Buscan intereses.

Gran Bretaña también.

Francia también.

China también.

Rusia también.

Chile también.

Estados Unidos también.

Y Argentina debería hacerlo exactamente igual.

La cuestión no es preguntarnos si Washington obtiene algo.

La pregunta correcta es:

¿qué obtiene Argentina?

Si la respuesta es nada, el acuerdo será malo.

Si implica entregar soberanía, habrá que rechazarlo.

Si significa sustituir una dependencia por otra, habrá que denunciarlo.

Pero si una disputa entre potencias permite mejorar la posición argentina respecto de Malvinas, negarse siquiera a explorarla por prejuicio ideológico sería una irresponsabilidad.

Primero veamos las cartas.

Después decidamos si jugamos.

Porque acá aparece otro problema profundamente argentino.

Antes de conocer un eventual acuerdo ya estamos discutiendo contra el acuerdo.

Antes de saber qué pediría Estados Unidos ya estamos denunciando lo que supuestamente pediría.

Antes de conocer el resultado ya decidimos que será malo.

Y mientras nosotros discutimos hipótesis, los británicos explotan recursos reales.

Ese pequeño detalle parece perderse bastante seguido.

Hay petróleo real.

Hay pesca real.

Hay presencia militar británica real.

Hay una administración británica real.

Hay empresas reales preparando inversiones.

Hay rutas comerciales reales que comienzan a mirar hacia las islas.

Frente a eso necesitamos algo más que consignas.

Necesitamos estrategia.

Y acá aparece la parte incómoda.

Aldo Leiva tiene absolutamente todo el derecho a decir:

“Las Malvinas son argentinas”.

Lo tiene él.

Lo tiene Milei.

Lo tiene Cristina Kirchner.

Lo tiene un radical.

Lo tiene un socialista.

Lo tiene un libertario.

Lo tiene cualquier argentino.

Pero después del cartel empieza la parte difícil.

Porque levantar un cartel que diga “Las Malvinas son argentinas” lleva cinco segundos.

Construir soberanía lleva décadas.

Y ahí vale aquel viejo dicho criollo:

en la cancha se ven los pingos.

¿Qué estamos haciendo concretamente?

¿Qué hacemos con nuestra Marina?

¿Qué hacemos con nuestra Fuerza Aérea?

¿Qué hacemos con Tierra del Fuego?

¿Qué hacemos con nuestra industria naval?

¿Qué hacemos con nuestra presencia antártica?

¿Qué hacemos con nuestros puertos?

¿Qué hacemos con nuestra Marina Mercante?

¿Qué hacemos con la pesca ilegal?

¿Qué hacemos con la exploración del Atlántico Sur?

¿Qué hacemos con nuestras alianzas internacionales?

¿Qué hacemos para que dentro de veinte años Argentina tenga una posición negociadora mejor que la actual?

Esas son las preguntas difíciles.

Y deben responderlas Milei, Leiva y todos los demás.

Porque Malvinas no puede convertirse en una competencia para determinar quién grita más fuerte “soberanía”.

Soberanía también es capacidad.

Infraestructura.

Defensa.

Diplomacia.

Economía.

Tecnología.

Ciencia.

Presencia.

Continuidad.

Y estrategia.

Por eso la condición de veterano de Aldo Leiva merece respeto absoluto.

Pero ese respeto no significa que sus opiniones políticas sean indiscutibles.

Ser veterano no obliga a votar a un determinado partido.

Tampoco otorga propiedad política sobre Malvinas.

Y los propios veteranos lo están demostrando.

Mientras Leiva cuestionó duramente los anuncios presidenciales, otros excombatientes los recibieron favorablemente, aunque reclamando que las palabras se conviertan en hechos.

¿Quién tiene razón?

Todavía no lo sabemos.

Porque nuevamente:

en la cancha se ven los pingos.

Milei también deberá demostrarlo.

Anunciar sanciones es sencillo.

Aplicarlas será otra cosa.

Hablar de presencia en el Atlántico Sur es sencillo.

Construirla cuesta dinero.

Prometer una Base Naval Integrada es sencillo.

Terminarla y dotarla de medios es otra historia.

Hablar de recuperar Malvinas pacíficamente puede generar aplausos.

Conseguir avances diplomáticos concretos será la verdadera medida.

Por eso Capibara Press no le entrega un cheque en blanco a Milei.

Pero tampoco se lo entrega a Leiva.

A ninguno.

Porque acá no importa quién tiene la historia personal más emocionante.

Importa quién consigue resultados para Argentina.

Leiva estuvo en Malvinas en 1982.

Milei ocupa hoy la Presidencia.

Los dos cargan responsabilidades diferentes.

Uno merece reconocimiento por haber defendido la bandera cuando el país lo envió a una guerra.

El otro deberá demostrar si puede defender esa misma bandera mediante diplomacia, economía, estrategia y política exterior.

Y nosotros deberíamos tener la madurez suficiente para separar ambas cosas.

Hay algo particularmente peligroso en comparar demasiado fácilmente cualquier endurecimiento diplomático argentino con Galtieri.

Porque termina instalándose una idea absurda:

que hablar firmemente de soberanía es militarismo.

No.

La Argentina democrática tiene derecho a reclamar Malvinas.

Tiene derecho a sancionar empresas cuando corresponda conforme a sus leyes.

Tiene derecho a buscar aliados.

Tiene derecho a negociar.

Tiene derecho a desarrollar Tierra del Fuego.

Tiene derecho a fortalecer sus Fuerzas Armadas.

Tiene derecho a incrementar su presencia en el Atlántico Sur.

Y tiene derecho a aprovechar cualquier modificación del tablero internacional que pueda favorecer sus intereses.

Todo por vías pacíficas.

Precisamente porque aprendimos 1982.

Utilizar Malvinas electoralmente sería miserable.

Pero paralizar cualquier estrategia sobre Malvinas por miedo a que alguien obtenga rédito electoral sería igualmente absurdo.

Si Milei consigue algo beneficioso para Argentina, habrá que reconocerlo.

Si fracasa, habrá que señalarlo.

Si entrega soberanía, Capibara Press estará entre los primeros que deberán cuestionarlo.

Pero primero dejemos que los hechos hablen.

Porque quizás ese sea el verdadero significado moderno de aquella frase:

en la cancha se ven los pingos.

No alcanza con haber estado.

No alcanza con levantar un cartel.

No alcanza con ponerse una escarapela.

No alcanza con hacer una cadena nacional.

No alcanza con escribir “Las Malvinas son argentinas” en Twitter.

Hay que construir soberanía todos los días.

Y eso vale para todos.

Para Javier Milei.

Para Aldo Leiva.

Para el oficialismo.

Para la oposición.

Para quienes gobernaron ayer.

Y para quienes pretenden gobernar mañana.

? Capibara Reflexiona

Aldo Leiva merece el respeto que corresponde a cualquier argentino que fue enviado a combatir a Malvinas.

Ese respeto no está en discusión.

Su opinión política, sí.

Porque eso también es democracia.

Y justamente porque Malvinas merece respeto deberíamos dejar de utilizar la condición de veterano, libertario, peronista, radical o izquierdista como argumento para decidir quién tiene automáticamente razón.

Malvinas no pertenece a un partido.

Tampoco pertenece a los veteranos.

Mucho menos a un Presidente.

Pertenece a la Nación Argentina.

Entonces discutamos resultados.

Si Milei promete recuperar capacidad estratégica, veamos qué construye.

Si Leiva denuncia pérdida de soberanía, veamos qué propone para recuperarla.

Si la oposición cuestiona una estrategia, que presente otra mejor.

Y si Estados Unidos ofrece una oportunidad, sentémonos a escuchar.

Después veremos qué pide.

Porque negociar no significa arrodillarse.

Negociar significa saber qué queremos y hasta dónde estamos dispuestos a llegar.

Los británicos llevan casi dos siglos jugando su partido.

Quizás sea hora de que nosotros dejemos de discutir quién tiene derecho a ponerse la camiseta.

Y empecemos a mirar quién realmente sabe jugar.

Porque carteles tenemos muchos.

Discursos también.

Lo que Argentina necesita ahora son resultados.

En la cancha se ven los pingos.

Y en Malvinas, más que nunca.

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