Entre fueros y violencia: cuando la política deja de discutir ideas
Redacción Capibarapress · Publicada 01/04/2026 06:08 · Actualizada 28/08/2026 06:04

En la Argentina, el conflicto político dejó de ser solo un debate de ideas. En muchos casos, pasó a convertirse en una disputa donde la tensión, la confrontación y la deslegitimación del otro ocupan el centro de la escena.
Los episodios recientes en torno a la diputada Liliana Lemoine , donde fue increpada en la vía pública, vuelven a poner sobre la mesa un problema más profundo: el deterioro del respeto en la vida democrática.
No se trata de un hecho aislado. Es parte de un clima.
Un clima donde la política se vive como enfrentamiento permanente y donde el adversario deja de ser alguien con quien discutir para transformarse en alguien a quien atacar.
Pero hay un punto que merece una reflexión más profunda.
El rol de los fueros.
Los fueros parlamentarios no existen para proteger delitos. Tampoco para garantizar impunidad. Su función histórica es clara: proteger la libertad de expresión y de acción de los representantes frente a presiones externas, permitiendo que puedan ejercer su función sin temor a persecución política o judicial.
Es decir: protegen ideas, no conductas ilegales.
Cuando esa distinción se diluye, el sistema se resiente.
Por un lado, aparece la sospecha de que los fueros pueden ser utilizados como escudo.
Por otro, surge el riesgo opuesto: que la violencia social o política busque reemplazar a la justicia.
Y ahí es donde el problema se vuelve peligroso.
Porque en una democracia, las diferencias se resuelven en tres ámbitos claros:
El Congreso → donde se debaten las leyes
La Justicia → donde se investigan los delitos
Las urnas → donde decide la sociedad
Cuando esos canales se debilitan, aparece la calle como espacio de resolución.
Y la calle, sin reglas, es siempre imprevisible.
El desafío no es menor.
No se trata de defender a un dirigente u otro. Se trata de sostener un principio básico: nadie debería ser agredido por sus ideas, como tampoco nadie debería estar por encima de la ley por su cargo.
Ese equilibrio es el corazón de cualquier sistema democrático.
La historia argentina muestra que cuando ese balance se rompe —ya sea por abuso de poder, por impunidad o por violencia— el costo lo termina pagando toda la sociedad.
Hoy, más que nunca, la discusión no debería ser quién tiene razón.
Sino cómo se discute.
Porque cuando la política abandona las reglas…
deja de ser política.
Y empieza a ser otra cosa.
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