“Es algo del pasado”: la curiosa tranquilidad británica mientras Malvinas vuelve a incomodar a Londres
Redacción Capibarapress · Publicada 04/09/2026 01:00 · Actualizada 04/09/2026 01:22

La reacción británica llegó rápido.
Y quizás demasiado rápido para tratarse de un asunto que supuestamente pertenece al pasado.
Después de que Javier Milei utilizara una cadena nacional para volver a colocar la cuestión Malvinas en el centro de la política argentina, anunciar medidas contra la explotación petrolera en las aguas disputadas y endurecer la posición argentina, algunos medios británicos reaccionaron intentando bajarle el precio al discurso.
Desde Sky News apareció una frase particularmente interesante:
“Es algo del pasado”.
Según el análisis de su corresponsal Mark Stone, que un presidente argentino diga que las Malvinas pertenecen a la Argentina no representa ninguna novedad. También cuestionó directamente la interpretación histórica argentina y sostuvo que nuestro país nunca habría ejercido soberanía sobre las islas y que la reclamación británica sería anterior a la propia creación de la Argentina.
Perfecto.
La historia puede discutirse.
Para eso existen documentos, tratados, actos administrativos, ocupaciones, disputas diplomáticas y especialistas.
Pero hay algo bastante más divertido.
Si realmente estamos hablando de “algo del pasado”, ¿por qué están hablando tanto del tema en el presente?
Porque mientras una parte del periodismo británico intenta transmitir tranquilidad, otra empieza a preguntarse algo bastante menos tranquilizador:
¿qué ocurriría si Estados Unidos dejara de respaldar políticamente al Reino Unido?
The Telegraph interpretó las declaraciones de Donald Trump como una señal de que Washington podría no ayudar automáticamente a Gran Bretaña frente a un hipotético nuevo conflicto.
The Independent fue todavía más interesante.
Su editor político sostuvo que el movimiento de Trump demuestra que Gran Bretaña debe estar preparada para defenderse.
The Daily Express habló de una advertencia “explosiva”.
The Mirror interpretó que Washington podría estar utilizando la cuestión Malvinas como moneda de presión contra Londres.
Parece bastante actividad periodística para una discusión que supuestamente quedó enterrada en los libros de historia.
Quizás el problema no sea que Malvinas pertenece al pasado.
Quizás el problema sea que volvió al presente en un momento bastante incómodo para el Reino Unido.
Porque esta vez Argentina no está moviendo tropas.
No está anunciando una aventura militar.
No está repitiendo el desastre de 1982.
Está intentando mover algo bastante más poderoso en el siglo XXI:
el tablero diplomático, económico y estratégico.
Milei anunció medidas destinadas a dificultar la explotación petrolera alrededor de las islas, particularmente sobre el proyecto Sea Lion.
El objetivo declarado es aumentar las sanciones contra empresas que participen directa o indirectamente en actividades que Argentina considera ilegales dentro del área en disputa.
También anunció acciones diplomáticas y judiciales y el fortalecimiento de la presencia estratégica argentina en Tierra del Fuego.
Eso puede funcionar.
Puede fracasar.
Puede quedarse en anuncios.
Puede terminar produciendo resultados.
Habrá que verlo.
Pero reducir todo eso a otra repetición folklórica del reclamo argentino sería probablemente un error de lectura.
Porque hay una diferencia enorme entre gritar “Las Malvinas son argentinas” en una plaza y conseguir que una empresa internacional empiece a preguntarse si participar en la explotación petrolera de las islas puede traerle consecuencias económicas o jurídicas en otros mercados.
Ahí empieza otra discusión.
Y aparece algo todavía más importante.
Donald Trump.
El presidente estadounidense hizo algo que probablemente explique buena parte del nerviosismo británico.
Cuando le preguntaron si Estados Unidos acudiría en ayuda del Reino Unido frente a un nuevo conflicto por las Malvinas, Trump evitó garantizarlo.
Y después recordó algo que evidentemente Washington todavía tiene anotado.
Según Trump, cuando Estados Unidos necesitó acompañamiento británico durante el conflicto con Irán, Londres no estuvo.
“Su país no estuvo allí para ayudarme”, recordó.
La diplomacia suele utilizar palabras elegantes.
Trump suele preferir otras.
Pero traducido al idioma de las relaciones internacionales, el mensaje resulta bastante sencillo:
los favores entre aliados también se contabilizan.
Estados Unidos no reconoció la soberanía argentina sobre las Malvinas.
Conviene decirlo claramente.
Tampoco existe ninguna garantía de que vaya a hacerlo.
Washington no entregó las islas a la Argentina.
Trump no se convirtió en San Martín.
Y mañana no aparecerá una bandera argentina flameando en Puerto Argentino porque Milei tenga una buena relación con el presidente estadounidense.
Sería absurdo plantearlo así.
Pero algo sí cambió.
Por primera vez en mucho tiempo, Londres está teniendo que preguntarse públicamente si el paraguas estadounidense continúa siendo tan automático como creía.
Y eso modifica el tablero.
Aunque sea apenas un poco.
Por eso resulta tan interesante observar las reacciones.
De un lado nos dicen que el reclamo argentino pertenece al pasado.
Del otro nos advierten que Gran Bretaña debe estar preparada para defenderse.
Entonces pongámonos de acuerdo.
¿Es historia vieja o es una preocupación estratégica actual?
Porque las dos cosas al mismo tiempo resultan difíciles de sostener.
Hay además una cuestión que Argentina debería entender de una vez por todas.
Malvinas no se recuperará con discursos incendiarios.
Tampoco con amenazas militares.
Muchísimo menos repitiendo los errores criminales de una dictadura que utilizó una causa nacional para intentar salvarse políticamente.
Si alguna vez existe un cambio real en la disputa será mediante diplomacia, presión internacional, economía, estrategia, construcción de alianzas y una política sostenida durante décadas.
Exactamente aquello que tantas veces Argentina no consigue mantener.
Los británicos sí entendieron algo hace muchísimo tiempo.
Los gobiernos cambian.
Los intereses nacionales permanecen.
Por eso probablemente deberíamos dejar de preguntarnos si la política actual sobre Malvinas es “de Milei”.
No debería serlo.
Debería ser argentina.
Si mañana gobierna un peronista, debería continuar defendiendo nuestros intereses.
Si gobierna un radical, también.
Si vuelve a gobernar un liberal, exactamente lo mismo.
Y si alguna medida adoptada por Milei resulta efectiva, el próximo Presidente debería conservarla aunque deteste a Milei.
Eso se llama política de Estado.
Mientras nosotros discutimos quién obtiene el rédito electoral de pronunciar la palabra Malvinas, en las aguas alrededor de las islas existen recursos naturales extraordinarios.
Hay petróleo.
Hay pesca.
Hay una posición estratégica sobre el Atlántico Sur.
Existe una proyección directa hacia la Antártida.
Eso no pertenece al pasado.
Eso pertenece al futuro.
Y quizás ahí esté el verdadero motivo por el cual cada movimiento argentino genera respuestas tan rápidas.
No estamos discutiendo solamente unas islas.
Estamos discutiendo territorio, recursos, océano, energía, rutas marítimas, Antártida y posición geopolítica.
Demasiado futuro para algo que supuestamente quedó en el pasado.
También deberíamos mirar con cuidado otro argumento repetido desde Londres: la autodeterminación de los habitantes de las islas.
El Reino Unido utiliza el referéndum de 2013, en el que una abrumadora mayoría eligió continuar como territorio británico de ultramar, como uno de los pilares de su posición.
Argentina sostiene que el principio aplicable al caso es la integridad territorial y considera que la población actual no constituye un pueblo colonizado con derecho a decidir unilateralmente la soberanía del territorio.
Esa discusión jurídica y diplomática existe.
Negarla sería hacer propaganda.
Pero precisamente por eso existe una disputa.
Y precisamente por eso Naciones Unidas lleva décadas llamando a las partes a encontrar una solución negociada.
Entonces tal vez convendría abandonar algunas caricaturas.
Argentina no está preparando otra guerra.
Milei no anunció una invasión.
No hay una flota argentina navegando hacia las islas.
Hay un país que vuelve a intentar utilizar herramientas económicas, jurídicas, diplomáticas y estratégicas para defender un reclamo histórico.
¿Funcionarán?
No lo sabemos.
Pero resulta bastante revelador comprobar cuánto ruido produjo simplemente intentarlo.
Y acá aparece una enseñanza que excede a Milei.
Argentina necesita inteligencia.
Paciencia.
Continuidad.
Diplomacia.
Fuerzas Armadas profesionales y equipadas para defender el territorio nacional, no para aventuras políticas.
Presencia real en el Atlántico Sur.
Desarrollo de Tierra del Fuego.
Capacidad científica.
Infraestructura antártica.
Control marítimo.
Alianzas internacionales.
Y décadas de perseverancia.
Porque quizás el mayor error argentino sería creer que una declaración de Trump resolvió el problema.
No lo hizo.
Pero el segundo error sería todavía peor:
desaprovechar una modificación del escenario internacional simplemente porque quien ocupa hoy la Casa Rosada nos cae bien o nos cae mal.
Malvinas debe estar por encima de Milei.
Y también por encima de quienes se oponen a Milei.
Por eso resulta curioso observar cómo algunos medios británicos parecen entender perfectamente la dimensión estratégica de lo que está ocurriendo mientras una parte de la política argentina probablemente termine discutiendo durante días si el discurso benefició electoralmente al Presidente.
Londres mira petróleo.
Mira defensa.
Mira Washington.
Mira el Atlántico Sur.
Mira las relaciones con la OTAN.
Mira qué hará Trump.
Nosotros no podemos responder mirando solamente las encuestas de 2027.
Hay una frase que quizás resume perfectamente este momento.
Si Malvinas fuera realmente “algo del pasado”, nadie estaría tan preocupado por controlar su futuro.
Capibara Reflexiona
Que nadie descorche champagne.
Las Malvinas no volvieron.
Estados Unidos no reconoció la soberanía argentina.
El Reino Unido no está preparando las valijas.
Y un discurso presidencial no cambia dos siglos de disputa.
Pero tampoco nos vendan indiferencia mientras llenan páginas preguntándose qué hará Trump, cuánto debería gastar Gran Bretaña en defensa y si Estados Unidos seguirá acompañando a Londres.
Porque cuando algo realmente pertenece al pasado, uno no necesita prepararse para defenderlo mañana.
Argentina tiene ahora una oportunidad.
No para gritar más fuerte.
Para pensar mejor.
Sin izquierda.
Sin derecha.
Sin kirchneristas.
Sin libertarios.
Sin utilizar Malvinas como merchandising electoral.
Una política exterior inteligente no necesita fanáticos.
Necesita argentinos capaces de sostener una estrategia durante décadas.
Y si en Londres molesta que Argentina vuelva a hablar de soberanía, petróleo, recursos naturales y Atlántico Sur, quizás haya una conclusión bastante sencilla:
seguimos hablando.
Porque las Malvinas podrán ser llamadas Falklands en Londres.
Podrán ser administradas hoy por el Reino Unido.
Podrán pasar otros diez, veinte o cincuenta años.
Pero mientras exista una disputa de soberanía pendiente, Argentina tiene todo el derecho de insistir por medios pacíficos y diplomáticos.
Después de todo, si para Londres realmente fuera solamente “algo del pasado”...
no estarían mirando con tanta preocupación lo que Argentina acaba de empezar a hacer en el presente.
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