Malvinas no es de izquierda ni de derecha: es Argentina
Redacción Capibarapress · Publicada 03/09/2026 20:21

Javier Milei habló por cadena nacional y puso nuevamente a las Islas Malvinas en el centro de la discusión política argentina. Seguramente en las próximas horas ocurrirá lo de siempre: algunos aplaudirán porque habló Milei y otros criticarán exactamente por la misma razón.
Quizás esta vez deberíamos hacer algo diferente.
Dejar de mirar quién está hablando y empezar a escuchar de qué estamos hablando.
Malvinas no nació con Javier Milei.
No nació con Cristina Kirchner.
No nació con Mauricio Macri.
No nació con Néstor Kirchner.
No nació con Carlos Menem.
Ni siquiera nació políticamente con la guerra de 1982.
La República Argentina reclama soberanía sobre las Islas Malvinas desde el siglo XIX.
Pasaron gobiernos conservadores, radicales, peronistas, militares, kirchneristas, macristas y libertarios.
Los presidentes cambiaron.
Las ideologías cambiaron.
Las alianzas internacionales cambiaron.
Las Malvinas siguieron ahí.
Por eso quizás llegó el momento de decir algo que parece obvio pero que la política argentina consiguió volver extraordinariamente difícil:
Malvinas no es una causa de izquierda.
Malvinas tampoco es una causa de derecha.
Malvinas es una causa argentina.
Milei anunció una serie de medidas destinadas a aumentar la presión argentina frente a la explotación de recursos naturales en el área en disputa, particularmente alrededor del proyecto petrolero Sea Lion. El Gobierno pretende reforzar sanciones y herramientas legales contra empresas involucradas directa o indirectamente, además de profundizar acciones diplomáticas, judiciales y estratégicas.
Eso puede discutirse.
Debe discutirse.
El Congreso tendrá que analizar cada proyecto.
Los especialistas deberán determinar si las herramientas propuestas son efectivas.
La oposición deberá controlar al Gobierno.
Y el Gobierno tendrá que explicar cómo piensa conseguir resultados concretos.
Eso es democracia.
Pero existe una diferencia enorme entre controlar una política de Estado y sabotearla simplemente porque la impulsa el adversario político.
Si mañana aparece una herramienta diplomática que puede mejorar la posición argentina, debería apoyarla un libertario.
También un peronista.
Un radical.
Un socialista.
Un conservador.
Un dirigente de izquierda.
Y cualquier ciudadano que comprenda que los gobiernos duran cuatro u ocho años, mientras los intereses estratégicos de un país pueden durar siglos.
Ahí está probablemente uno de nuestros mayores problemas.
Argentina convirtió prácticamente todo en una discusión partidaria.
La educación.
La seguridad.
La economía.
La Justicia.
La defensa.
La política exterior.
Incluso Malvinas.
Si lo propone Milei, una parte del país siente automáticamente que debe rechazarlo.
Si lo hubiera propuesto Cristina Kirchner, otra parte habría hecho exactamente lo mismo.
Si mañana cambia el Presidente, probablemente volveremos a comenzar.
Y mientras nosotros cambiamos de estrategia cada cuatro años, el Reino Unido mantiene una política de Estado.
Ahí deberíamos aprender algo.
No necesariamente de los británicos sobre Malvinas.
Sino de cómo los países defienden sus intereses.
Un Estado serio puede cambiar de gobierno sin cambiar cada cuatro años cuáles considera sus intereses estratégicos.
Puede cambiar la estrategia.
Puede cambiar la diplomacia.
Puede cambiar la intensidad de una negociación.
Pero existen determinadas cuestiones que sobreviven al gobernante.
Malvinas debería ser una de ellas.
Y el contexto internacional actual merece todavía más atención.
Las declaraciones recientes de Donald Trump introdujeron un elemento poco habitual en la relación entre Estados Unidos, Reino Unido y Argentina. El presidente estadounidense evitó garantizar automáticamente que Washington respaldaría a Londres frente a una eventual nueva disputa y habló de revisar posiciones.
No significa que Estados Unidos haya reconocido la soberanía argentina.
No significa que mañana flameará nuestra bandera en Puerto Argentino.
Y muchísimo menos significa que exista una negociación resuelta.
Confundir una oportunidad diplomática con una victoria sería irresponsable.
Pero ignorar una modificación del tablero internacional porque quien puede aprovecharla es un Presidente que no nos gusta sería todavía más irresponsable.
La política exterior funciona precisamente así.
Los países no tienen amigos eternos.
Tienen intereses.
Y cuando los intereses de diferentes actores producen una ventana de oportunidad, un país inteligente intenta aprovecharla.
Argentina debería hacerlo.
Con Milei.
Sin Milei.
Con este Congreso.
O con el próximo.
Pero hacerlo.
Hay además algo que Capibara Press quiere decir sin demasiadas vueltas.
Basta de convertir la bandera argentina en una camiseta partidaria.
Nuestros soldados no murieron preguntándose si quien estaba al lado era peronista, radical, liberal, socialista o conservador.
En las trincheras de 1982 no había encuestas electorales.
Había argentinos.
Muchos de ellos extremadamente jóvenes.
Y hubo 649 que no regresaron.
Podemos discutir —y debemos hacerlo— la decisión criminal de la dictadura de iniciar aquella guerra.
Podemos analizar sus errores militares.
Podemos cuestionar cómo fueron tratados los veteranos posteriormente.
Podemos investigar cada responsabilidad.
Pero ninguna de esas discusiones modifica la cuestión fundamental:
Malvinas sobrevivió a la dictadura porque el reclamo argentino existía mucho antes de ella.
La Constitución Nacional también lo deja expresamente establecido. La recuperación del ejercicio pleno de soberanía sobre las Islas Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur constituye un objetivo permanente e irrenunciable del pueblo argentino, respetando el modo de vida de sus habitantes y conforme al derecho internacional.
No dice:
“objetivo de los libertarios”.
No dice:
“objetivo del peronismo”.
No dice:
“objetivo de la izquierda”.
Dice:
del pueblo argentino.
Entonces comportémonos alguna vez como tal.
Si Milei acierta, habrá que reconocerlo.
Si se equivoca, habrá que señalarlo.
Si una propuesta mejora la posición argentina, habrá que acompañarla.
Si otra solamente sirve para construir un discurso electoral, habrá que denunciarla.
Eso debería hacer una oposición responsable.
Y exactamente el mismo criterio debería aplicarse cuando gobierne otro partido.
Porque dentro de algunos años Milei dejará de ser Presidente.
Como dejaron de serlo todos los anteriores.
Pero las Malvinas seguirán estando aproximadamente a 500 kilómetros de nuestra costa.
Seguirá existiendo una disputa de soberanía.
Seguirán existiendo recursos naturales.
Seguirá existiendo una posición estratégica extraordinaria sobre el Atlántico Sur y la proyección antártica.
Y seguiremos necesitando una política exterior capaz de pensar más allá de la próxima elección.
Quizás por eso esta cadena nacional debería servir para algo bastante más importante que discutir nuevamente si estamos a favor o en contra de Javier Milei.
Debería servir para preguntarnos qué país queremos ser cuando Javier Milei ya no esté en la Casa Rosada.
Un país donde cada nuevo Presidente destruye lo que hizo el anterior.
O un país capaz de establecer cinco, diez o veinte objetivos estratégicos que ningún gobierno abandone simplemente porque fueron impulsados por otro.
Malvinas podría ser el comienzo.
Y quizás también deberíamos extender esa madurez a otras cuestiones.
Seguridad.
Educación.
Defensa.
Justicia.
Infraestructura.
Estabilidad económica.
No hace falta pensar igual.
Una democracia necesita diferencias.
Necesita izquierda.
Necesita derecha.
Necesita centro.
Necesita oficialismo.
Necesita oposición.
Lo que no necesita es que esas diferencias nos impidan reconocer cuándo estamos defendiendo exactamente el mismo país.
Argentina lleva demasiado tiempo discutiendo quién tiene la culpa.
Quizás llegó el momento de empezar a discutir quién está dispuesto a hacerse cargo.
No necesitamos que un peronista se convierta en libertario.
No necesitamos que un libertario se convierta en radical.
No necesitamos que alguien abandone sus convicciones.
Necesitamos algo bastante más sencillo y, aparentemente, muchísimo más difícil:
entender que antes de ser adversarios políticos somos argentinos.
Podemos discutir impuestos mañana.
Podemos discutir el tamaño del Estado.
Podemos discutir jubilaciones.
Podemos discutir economía.
Podemos discutir a Milei.
Podemos discutir al kirchnerismo.
Podemos discutir prácticamente todo.
Pero cuando enfrente existe un interés estratégico permanente de la Nación, quizás alguna vez podamos dejar las banderas partidarias en la puerta.
Porque hay momentos en los que no importa quién está sentado en el sillón de Rivadavia.
Importa quién está sentado del otro lado de la mesa.
Y si alguna vez Argentina vuelve a sentarse seriamente a discutir la soberanía de las Malvinas, el Reino Unido no debería encontrarse enfrente con libertarios, peronistas, radicales o izquierdistas.
Debería encontrarse con 47 millones de argentinos.
? Capibara Reflexiona
Esta vez no queremos terminar preguntando si Milei tiene razón.
Queremos hacer una pregunta bastante más difícil:
¿somos capaces de tener razón juntos?
Porque una Nación que necesita cambiar de bandera cada vez que cambia de Presidente nunca termina de construir un rumbo.
Las elecciones dividen gobiernos.
Las ideas dividen partidos.
La democracia permite y necesita esas diferencias.
Pero una Nación existe precisamente porque hay algunas cosas capaces de sobrevivirlas.
Malvinas debería ser una de ellas.
Que la izquierda siga siendo izquierda.
Que la derecha siga siendo derecha.
Que Milei sea Milei.
Que la oposición haga oposición.
Pero cuando haya que defender un interés permanente de la Argentina:
una sola bandera.
La celeste y blanca.
Porque los gobiernos pasan.
La Argentina queda.
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