Pastillas para rendir más: advierten que uno de cada cuatro universitarios las consume, pero ¿qué dicen los estudios?
El uso de medicamentos para mejorar la concentración y soportar largas jornadas de estudio o trabajo encendió una nueva advertencia en Argentina. Un sindicato farmacéutico sostiene que el consumo alcanza al 25 % de los estudiantes, aunque una investigación oficial present
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- El uso de medicamentos para mejorar la concentración y soportar largas jornadas de estudio o trabajo encendió una nueva advertencia en Argentina.
- Un sindicato farmacéutico sostiene que el consumo alcanza al 25 % de los estudiantes, aunque una investigación oficial presenta cifras muy diferentes.
- Detrás de los porcentajes aparece una problemática que merece atención: la presión por rendir cada vez más y los riesgos de automedicarse.
El uso de medicamentos para mejorar la concentración y soportar largas jornadas de estudio o trabajo encendió una nueva advertencia en Argentina. Un sindicato farmacéutico sostiene que el consumo alcanza al 25 % de los estudiantes, aunque una investigación oficial present

El uso de medicamentos para mejorar la concentración y soportar largas jornadas de estudio o trabajo encendió una nueva advertencia en Argentina. Un sindicato farmacéutico sostiene que el consumo alcanza al 25 % de los estudiantes, aunque una investigación oficial presenta cifras muy diferentes. Detrás de los porcentajes aparece una problemática que merece atención: la presión por rendir cada vez más y los riesgos de automedicarse.
Estudiar, trabajar y mantenerse despierto: cuando el rendimiento se busca en una pastilla
Preparar un examen, cumplir jornadas laborales extensas, sostener varios proyectos al mismo tiempo o simplemente intentar concentrarse durante horas.
Son situaciones habituales para miles de argentinos.
Pero algunas personas buscan una solución que va más allá del café o las bebidas energizantes: recurren a medicamentos que actúan sobre el sistema nervioso central para aumentar el estado de alerta o intentar mejorar su rendimiento intelectual.
Entre las sustancias mencionadas aparecen el metilfenidato y el modafinilo, medicamentos que tienen indicaciones médicas específicas, pero que también pueden utilizarse sin prescripción con la intención de estudiar o trabajar más.
La práctica no es nueva. Lo que volvió a instalarla en la agenda pública fue una advertencia del Sindicato Argentino de Farmacéuticos y Bioquímicos (SAFYB).
Su titular, Marcelo Peretta, aseguró que el consumo se habría duplicado en poco más de una década.
La afirmación merece atención, pero también una pregunta fundamental:
¿Cuántas personas realmente utilizan estos medicamentos para mejorar su rendimiento?
El dato que generó preocupación: del 12 % al 25 %
Según las cifras difundidas por SAFYB, en 2014 aproximadamente el 12 % de los universitarios consumía este tipo de medicamentos.
Actualmente, esa proporción habría alcanzado el 25 %.
El sindicato también mencionó un consumo nacional estimado de 38 millones de comprimidos anuales.
De confirmarse mediante investigaciones representativas, se trataría de un fenómeno relevante para la salud pública.
Sin embargo, existe una limitación importante.
En la información difundida no se identificó una investigación con todos los elementos necesarios para evaluar esos porcentajes: cantidad de personas encuestadas, universidades participantes, período de medición y definición exacta de consumo.
Tampoco quedó establecido si se incluyeron exclusivamente usuarios sin prescripción o también pacientes que utilizan medicamentos indicados por profesionales.
Esa diferencia es esencial.
No es lo mismo estudiar el uso recreativo o destinado al rendimiento que contabilizar tratamientos médicos legítimos.
Qué encontró una investigación oficial argentina
Existe un antecedente que permite incorporar información verificable al debate.
Un estudio sobre consumo y prácticas de cuidado en población universitaria, publicado por el Observatorio Argentino de Drogas, analizó datos de estudiantes de universidades participantes.
Los resultados sobre medicamentos estimulantes, utilizados con o sin prescripción médica, fueron los siguientes:
-
5,6 % declaró haberlos consumido alguna vez en su vida.
-
3 % informó consumo durante los últimos doce meses.
-
2,1 % señaló haberlos utilizado durante el último mes.
El estudio tomó como población de referencia a estudiantes inscriptos durante el segundo cuatrimestre de 2023 en las instituciones participantes.
También encontró que, entre quienes habían consumido estos medicamentos durante el período analizado, el 74,2 % declaró utilizarlos únicamente bajo prescripción médica; el 18,5 %, sin prescripción; y el 7,3 % combinó ambas modalidades.
Los datos muestran que existe consumo sin indicación médica, pero no respaldan por sí solos la afirmación de que uno de cada cuatro universitarios argentinos utiliza estas sustancias.
Eso tampoco significa que la advertencia sindical sea necesariamente falsa.
Significa que, para compararla correctamente, hace falta conocer su metodología.
Las universidades no muestran todas la misma realidad
Otras investigaciones realizadas en Argentina encontraron resultados diferentes según la institución, la carrera y las sustancias analizadas.
Un trabajo publicado en 2020 sobre estudiantes de Medicina de la Universidad Nacional de Córdoba informó que el 8,3 % había consumido modafinilo o metilfenidato.
Otra investigación realizada en Rosario en 2024, sobre una muestra de 146 estudiantes de Medicina de la Universidad Abierta Interamericana, registró porcentajes considerablemente mayores de uso de metilfenidato, incluyendo consumo sin prescripción.
Estos resultados no deben proyectarse automáticamente a todos los universitarios del país.
Una muestra de estudiantes de Medicina puede tener características particulares relacionadas con la carga horaria, la exigencia académica y la cercanía con conocimientos farmacológicos.
Además, los estudios no siempre preguntan lo mismo.
Algunos investigan si una persona consumió una sustancia alguna vez; otros, si lo hizo durante el último mes o específicamente para mejorar su rendimiento.
Por eso, antes de comparar porcentajes, hay que comprobar que estén midiendo el mismo fenómeno.
¿Qué hacen realmente estas pastillas?
El metilfenidato es un medicamento utilizado, entre otras indicaciones, en el tratamiento del trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH).
El modafinilo se prescribe para determinados trastornos relacionados con la somnolencia y el sueño.
Ambos pueden favorecer el estado de alerta mediante mecanismos farmacológicos diferentes.
Sin embargo, mantenerse despierto durante más horas no significa necesariamente aprender mejor.
Una persona puede sentir que está más concentrada o productiva sin que eso se traduzca en mejores resultados académicos.
Una revisión científica sobre el uso no médico de estimulantes encontró evidencia limitada de mejoras reales en el rendimiento académico de personas sin TDAH.
La percepción de mayor capacidad y el beneficio comprobable no siempre coinciden.
Los riesgos que muchas veces quedan fuera de la conversación
Consumir estos medicamentos sin evaluación ni seguimiento médico puede provocar consecuencias para la salud.
Entre los posibles efectos adversos se encuentran el insomnio, la ansiedad, el nerviosismo, las palpitaciones y las alteraciones de la presión arterial.
En determinadas circunstancias también pueden presentarse complicaciones cardiovasculares o síntomas psiquiátricos graves.
El riesgo depende de la sustancia, la dosis, las condiciones de salud de cada persona y la combinación con otros productos.
Además, algunos estimulantes presentan potencial de uso problemático y dependencia.
Por eso, no corresponde utilizarlos como una herramienta cotidiana de productividad sin una indicación profesional.
Pero también hay que evitar el extremo opuesto: presentar estos medicamentos como perjudiciales en todos los casos.
Para una persona con un diagnóstico que justifica su uso, un tratamiento correctamente indicado y supervisado puede ofrecer beneficios importantes.
El problema no es que existan medicamentos capaces de mejorar determinados síntomas. El problema es utilizarlos sin necesidad clínica, sin control y bajo la idea de que rendir más siempre justifica asumir riesgos.
La presión por producir más
Detrás de esta discusión aparece una cuestión social.
Durante años, estudiar y trabajar muchas horas se asociaron con el esfuerzo y la superación personal.
Pero las exigencias actuales pueden combinar jornadas laborales extensas, estudios, responsabilidades familiares y una competencia constante por alcanzar mejores resultados.
En ese contexto, dormir menos y mantenerse activo durante más tiempo puede parecer una ventaja.
La pregunta es cuánto de esa supuesta productividad se consigue realmente y qué consecuencias puede tener.
No todas las personas que atraviesan períodos de cansancio necesitan un medicamento.
La falta de sueño, el estrés y las dificultades de concentración también requieren evaluar sus causas, en lugar de intentar compensarlas automáticamente con sustancias estimulantes.
Y cuando existen problemas persistentes de atención o somnolencia, corresponde consultar a un profesional para determinar su origen.
Internet y la facilidad de acceso
Otra preocupación señalada por el sector farmacéutico es la oferta de medicamentos a través de canales digitales.
La posibilidad de conseguir productos sin controles adecuados plantea riesgos adicionales.
Un medicamento obtenido fuera del circuito autorizado puede presentar problemas de procedencia, conservación, composición o dosificación.
La venta irregular también puede facilitar el consumo sin evaluación médica.
Por eso, el debate no debería limitarse a las decisiones individuales.
También involucra la fiscalización de los canales de comercialización y la difusión de información sanitaria confiable.
El verdadero problema no se resuelve con una cifra
La advertencia sobre el consumo de pastillas para rendir más pone sobre la mesa una problemática que merece ser investigada.
Existen estudios argentinos que documentan el uso de estimulantes sin prescripción entre estudiantes.
También existen riesgos conocidos asociados con su utilización inadecuada.
Lo que todavía necesita mayor respaldo es la afirmación de que el 25 % de los universitarios argentinos consume actualmente estos medicamentos.
Sin conocer cómo se obtuvo ese porcentaje, presentarlo como una realidad nacional comprobada sería apresurado.
Y en cuestiones de salud, una cifra llamativa no debería reemplazar a la evidencia.
Pero hay otra pregunta que vale la pena hacerse.
¿En qué momento estudiar, trabajar o emprender empezó a asociarse con la necesidad de medicarse para soportar el ritmo?
La respuesta no está solamente en las farmacias ni en las universidades.
También está en una sociedad que muchas veces exige resultados inmediatos y convierte el descanso en una pérdida de tiempo.
Porque el verdadero desafío no debería ser encontrar una pastilla que nos permita exigirle cada vez más al organismo.
Debería ser construir condiciones para estudiar y trabajar sin poner la salud en juego.
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