Seguridad bonaerense al límite: cuando blindar un comercio ya no alcanza
Redacción Capibarapress · Publicada 30/08/2026 08:54

Hay una frase que resume mejor que cualquier discurso oficial lo que está ocurriendo en Mar del Plata: “sensación de desamparo”.
Esta madrugada, cinco delincuentes ingresaron a un comercio de ropa ubicado frente al Hospital Regional. No encontraron una puerta abierta ni un negocio librado a su suerte. Encontraron prácticamente una fortaleza: seis cortinas metálicas, trabas internas, hierros enterrados en hormigón, protecciones exteriores para impedir el uso de palancas, vidrios con protección antivandálica, alarma, seguro y cámaras de seguridad.
Entraron igual.
Se llevaron dinero, mercadería estimada inicialmente entre 3 y 5 millones de pesos y hasta los DVR donde quedaban registradas las cámaras. Era, además, el cuarto ataque contra el comercio en apenas doce meses: los tres anteriores habían fracasado.
Y ahí aparece una pregunta que la política bonaerense ya no puede esquivar:
¿Cuánto más tiene que gastar un ciudadano para hacer por su cuenta el trabajo que debería garantizar el Estado?
El comerciante terminó construyendo su propia comisaría
Después del primer intento de robo, el propietario alquiló un local lindero vacío porque habían tratado de ingresar haciendo un boquete. Lo reforzó con rejas, alarma y cámaras.
Intentaron entrar por otro inmueble vecino.
También lo alquiló.
También puso cámaras, rejas y alarma.
Después llegaron las seis cortinas metálicas, las trabas interiores, los anclajes enterrados en cemento y la protección de los vidrios.
Llegamos así a una situación absurda: un comerciante debe alquilar propiedades que ni siquiera necesita comercialmente para construir un perímetro defensivo alrededor de su negocio.
Eso ya no puede explicarse solamente como “inseguridad”.
Es la privatización forzada de la seguridad: el ciudadano paga impuestos para que el Estado lo proteja y después vuelve a pagar alarmas, cámaras, rejas, seguros, persianas y sistemas antivandálicos porque esa protección no alcanza.
Y aun pagando dos veces, lo roban.
Ya no alcanza con hablar de “sensación”
Sería irresponsable afirmar, sin una serie estadística completa de 2026, que estamos ante el peor año de toda la historia bonaerense. Pero tampoco resulta serio esconderse detrás de estadísticas generales cuando determinados delitos violentos muestran señales preocupantes.
Los últimos datos oficiales completos de la Procuración bonaerense para el Departamento Judicial Mar del Plata muestran algo particularmente importante: entre 2024 y 2025 las investigaciones por robo agravado por uso de arma aumentaron 33,2%, pasando de 1.776 a 2.366; otros robos agravados crecieron 14% y los homicidios registrados pasaron de 72 a 88.
Y agosto de 2026 viene acumulando episodios que ayudan a comprender el hartazgo.
Hace semanas, cuatro motochorros golpearon a un comerciante en La Perla y le sustrajeron US$10.000.
El 16 de agosto otro comerciante terminó disparando contra un grupo que, según declaró, intentaba robarle la camioneta mientras él mismo hacía guardia frente a su negocio después de haber sufrido un robo horas antes. Un adolescente murió y otro resultó herido.
Y este mismo fin de semana, seis hombres armados y encapuchados asaltaron a un productor agropecuario en una finca de la zona, lo golpearon, lo obligaron a subir a su propia camioneta y escaparon con dinero y pertenencias.
No son estadísticas abstractas. Son personas modificando sus vidas alrededor del delito.
Cuando los vecinos salen a la calle, el problema ya llegó demasiado lejos
Hay otra señal que debería preocupar mucho más a la dirigencia política.
En los últimos días, más de 40 asociaciones de fomento participaron de reclamos vinculados con la inseguridad en Mar del Plata y Batán. Vecinos y comerciantes realizaron protestas reclamando más presencia policial y, sobre todo, un plan sostenido en el tiempo.
La Provincia reaccionó anunciando refuerzos de efectivos y patrulleros, mientras el municipio también incorporó vehículos destinados a prevención.
Es necesario reconocer esas medidas.
Pero también hacer la pregunta incómoda:
¿Por qué los refuerzos aparecen después de que los vecinos salen a protestar?
Una política de seguridad seria no debería funcionar como los bomberos, llegando cuando el incendio ya comenzó.
No es solamente un problema de policías
Sería demasiado sencillo responsabilizar al efectivo que patrulla la calle.
La seguridad bonaerense depende de una cadena mucho más grande: conducción política, Ministerio de Seguridad, planificación policial, recursos humanos, móviles disponibles, distribución territorial, inteligencia criminal, investigación judicial, fiscales, sistema penitenciario y políticas sobre reincidencia y menores en conflicto con la ley.
Mandar diez patrulleros adicionales puede mejorar circunstancialmente una zona.
Pero un patrullero no reemplaza una estrategia.
Si el delito organizado conoce horarios, movimientos y objetivos; si grupos de cinco o seis personas pueden actuar coordinadamente; si comerciantes terminan transformando negocios en fortalezas y aun así son vulnerados, entonces el debate tiene que superar el número de móviles enviados para una fotografía oficial.
La responsabilidad política existe
Axel Kicillof lleva casi siete años gobernando la provincia de Buenos Aires.
Por supuesto que no inventó la inseguridad bonaerense y sería intelectualmente deshonesto atribuirle décadas de problemas estructurales.
Pero después de casi dos períodos de gobierno tampoco alcanza con responsabilizar exclusivamente a la crisis social, al Gobierno nacional, a los municipios, a la Justicia o a administraciones anteriores.
Gobernar también significa hacerse responsable de aquello que no funciona.
La Provincia conduce a la Policía bonaerense y su Ministerio de Seguridad. Los municipios tienen responsabilidades preventivas y herramientas propias. La Justicia tiene las suyas. Y Nación debe intervenir cuando aparecen delitos federales.
Precisamente por eso, la discusión no debería ser quién consigue sacarse el problema de encima, sino quién empieza finalmente a resolverlo.
Una reflexion
Hay un momento en que una sociedad deja de pedir estadísticas y empieza a pedir respuestas.
Mar del Plata parece estar acercándose peligrosamente a ese punto.
Cuando un comerciante instala una cámara, después una alarma, después una reja, después seis persianas, después entierra trabas en cemento y finalmente alquila los locales vecinos para impedir que hagan un boquete, el problema ya no es cuánto invirtió en seguridad.
El problema es preguntarnos por qué tuvo que hacerlo.
La inseguridad no comienza cuando entra el delincuente.
Comienza cuando el ciudadano modifica su casa, su comercio, sus horarios y su vida porque está convencido de que puede ser la próxima víctima.
Y el fracaso más grave de cualquier política de seguridad aparece cuando, después de haber hecho todo para protegerse, ese ciudadano termina diciendo:
“Estoy solo”.
Eso es exactamente lo que ninguna estadística puede maquillar.
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