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30/08/2026 — BATÁN / MAR DEL PLATA

Tras el caso de Rosario, advierten sobre comunidades digitales y dan claves para cuidar a los jóvenes

Redacción loguea2 · Publicada 11/04/2026 11:06 · Actualizada 28/08/2026 06:04

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El reciente caso ocurrido en Rosario volvió a poner en agenda el impacto del mundo digital en la conducta de jóvenes y adolescentes. Aunque no existe una confirmación oficial que vincule directamente el hecho con grupos específicos, especialistas advierten sobre el crecimiento de comunidades online que, en determinados contextos, pueden reforzar discursos de odio, aislamiento o fascinación por la violencia.

Entre las más mencionadas aparecen espacios ligados al “true crime” —donde se consumen y discuten crímenes reales— y foros asociados a la subcultura “incel”, caracterizada por discursos de frustración, rechazo social y, en algunos casos, misoginia. También se señalan fenómenos como la hibristofilia, entendida como la atracción hacia personas que cometieron delitos graves, que puede aparecer en ciertos entornos digitales.

Los especialistas coinciden en que no se trata de culpar a una comunidad en particular, sino de entender cómo funcionan estas dinámicas: algoritmos que refuerzan contenidos, burbujas que aíslan y espacios donde algunas ideas se vuelven cada vez más extremas.

En ese marco, el foco se corre hacia la prevención y el rol de las familias. Detectar señales tempranas y generar canales de diálogo puede marcar la diferencia.

Claves para que padres y madres estén atentos

Cambios bruscos de conducta: aislamiento, irritabilidad, rechazo a la escuela o a vínculos habituales.

Consumo obsesivo de contenido violento o foros cerrados con lenguaje agresivo.

Lenguaje de odio o desvalorización hacia otros (por género, apariencia, orientación, etc.).

Secreto excesivo en el uso del celular o la computadora.

Identificación con figuras violentas o admiración por delincuentes.

Qué pueden hacer las familias

Hablar sin juzgar: abrir espacios de confianza para que los chicos cuenten qué consumen y con quién interactúan.

Acompañar el uso de redes: no es espiar, es estar presentes y conocer el entorno digital.

Fomentar actividades fuera de la pantalla: deporte, arte, grupos sociales reales.

Configurar herramientas de control parental cuando sea necesario, especialmente en edades más tempranas.

Pedir ayuda profesional si detectan señales de alarma (orientadores escolares, psicólogos).

El desafío no es prohibir internet, sino entenderlo. Las redes sociales no crean la violencia por sí solas, pero pueden amplificarla si no hay contención, guía y presencia adulta.

El caso de Rosario, más allá de sus particularidades, deja una advertencia que empieza a resonar con fuerza: lo que pasa en el mundo digital también impacta en la vida real.

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