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POLíTICA · PERIODISMO EN PROFUNDIDAD

MILEI INSULTA A LOS PERIODISTAS, PERO ¿QUIÉN JUZGA AL PERIODISMO? CUANDO EL MICRÓFONO SE CONVIERTE EN MARTILLO DE JUEZ

Los insultos del presidente Javier Milei contra periodistas provocaron una nueva ola de repudios. Las organizaciones de prensa denuncian hostigamiento y amenazas a la libertad de expresión. Pero el enfrentamiento deja una pregunta que merece discutirse: ¿qué sucede cuando un per

NACIONALArgentina
REDACCIÓN ASOCIADA · CapibarapressPublicada 27/10/2026 10:03
  • Los insultos del presidente Javier Milei contra periodistas provocaron una nueva ola de repudios.
  • Las organizaciones de prensa denuncian hostigamiento y amenazas a la libertad de expresión.
  • Pero el enfrentamiento deja una pregunta que merece discutirse: ¿qué sucede cuando un periodista deja de informar, presenta sospechas como condenas o convierte una cobertura en una batalla personal?

Los insultos del presidente Javier Milei contra periodistas provocaron una nueva ola de repudios. Las organizaciones de prensa denuncian hostigamiento y amenazas a la libertad de expresión. Pero el enfrentamiento deja una pregunta que merece discutirse: ¿qué sucede cuando un per

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MILEI INSULTA A LOS PERIODISTAS, PERO ¿QUIÉN JUZGA AL PERIODISMO? CUANDO EL MICRÓFONO SE CONVIERTE EN MARTILLO DE JUEZ

Los insultos del presidente Javier Milei contra periodistas provocaron una nueva ola de repudios. Las organizaciones de prensa denuncian hostigamiento y amenazas a la libertad de expresión. Pero el enfrentamiento deja una pregunta que merece discutirse: ¿qué sucede cuando un periodista deja de informar, presenta sospechas como condenas o convierte una cobertura en una batalla personal? El poder político debe rendir cuentas. El poder mediático también.

Milei insulta. Los periodistas se indignan. ¿Y la sociedad?

La relación entre Javier Milei y una parte del periodismo argentino atraviesa otro momento de máxima confrontación.

El presidente volvió a utilizar expresiones ofensivas contra comunicadores que investigaron y comentaron el caso $LIBRA.

Durante una cena de la Fundación Faro, el mandatario mencionó a periodistas como Hugo Alconada Mon, Carlos Pagni, Paulino Rodrigues, Natalia Volosin y Luis Novaresio, entre otros.

También recurrió a una expresión sobre quemar en la hoguera a quienes atacaba verbalmente.

Las declaraciones generaron repudios de entidades periodísticas, organizaciones civiles y dirigentes políticos.

El rechazo tiene fundamentos: cuando un presidente identifica públicamente a personas y utiliza expresiones violentas, sus palabras tienen un alcance institucional que no puede ignorarse.

Pero hay otra cuestión que también merece atención.

¿Todo lo que publica un periodista es periodismo?

¿Toda acusación realizada frente a una cámara constituye una investigación?

¿Y quién exige explicaciones cuando un medio comete errores, exagera una denuncia o presenta interpretaciones como hechos?

El periodismo tiene derecho a cuestionar al poder. Pero no posee el derecho exclusivo a quedar fuera de todo cuestionamiento.

Investigar no es condenar: la diferencia que nunca debería desaparecer

Un periodista puede investigar al presidente.

Puede analizar documentos, entrevistar fuentes, denunciar contradicciones y publicar información incómoda.

Puede incluso sostener una opinión crítica sobre su conducta.

Eso forma parte de la libertad de prensa.

Pero existe una frontera fundamental entre investigar una sospecha y afirmar que una persona cometió un delito.

En una investigación periodística, las palabras importan.

No es lo mismo decir que alguien está denunciado que afirmar que es culpable.

No es lo mismo informar que la Justicia investiga una operación que presentar una condena como si ya existiera.

Y no es lo mismo publicar una hipótesis respaldada por documentos que repetir una acusación sin verificarla.

El periodista no necesita una sentencia judicial para investigar. Pero tampoco puede inventar una sentencia para fortalecer su relato.

La presunción de inocencia es una garantía del proceso penal, y la prudencia al comunicar acusaciones es una responsabilidad periodística.

Confundir esas funciones perjudica a la persona investigada y a los ciudadanos que necesitan información confiable.

El caso $LIBRA: investigar era legítimo, condenar anticipadamente no

La controversia por la criptomoneda $LIBRA puso al Gobierno de Milei bajo un intenso escrutinio.

El caso involucró interrogantes sobre la promoción pública del activo, sus responsables, las operaciones financieras y las posibles consecuencias para quienes invirtieron.

Había motivos de interés público para investigar.

Y los periodistas tenían derecho a hacerlo.

También existía una obligación del presidente de responder preguntas sobre sus actuaciones.

Pero durante una investigación penal es indispensable distinguir las sospechas, las pruebas, las interpretaciones y las decisiones judiciales.

El 23 de octubre de 2026 se conoció una resolución de sobreseimiento de Milei en la causa.

Ese dato debía incorporarse a cualquier cobertura actualizada, con sus fundamentos y el alcance procesal correspondiente.

Un sobreseimiento no convierte automáticamente en falsa toda investigación periodística previa.

Del mismo modo, la existencia de una investigación tampoco autorizaba a presentar como culpable al presidente antes de una resolución judicial.

El periodismo responsable informa cuando se abre una causa y también cuando la Justicia adopta una decisión favorable al investigado.

Ocultar cualquiera de esos momentos por conveniencia editorial sería una falta de transparencia frente al público.

¿Periodistas o fiscales televisivos?

En la televisión y las redes sociales es frecuente encontrar formatos que mezclan noticias, análisis, opinión y confrontación política.

El problema no es que un periodista tenga una posición ideológica.

La neutralidad personal absoluta es difícil de garantizar.

El problema aparece cuando no se distingue claramente entre un hecho comprobado y una opinión.

Un conductor puede considerar que una política económica es perjudicial.

Puede argumentarlo y confrontar al Gobierno.

Pero debería explicar qué datos respaldan su conclusión.

También puede considerar sospechosa la actuación de un funcionario.

Lo que no debería hacer es transformar esa sospecha en una culpabilidad indiscutible.

Un micrófono permite hacer preguntas. No otorga facultades judiciales.

Y un estudio de televisión no reemplaza a un tribunal.

Cuando la información se convierte en espectáculo, el riesgo es que la búsqueda de audiencia termine desplazando la obligación de verificar.

Milei tiene derecho a defenderse. No necesita insultar para hacerlo.

El presidente también posee libertad de expresión.

Puede cuestionar una cobertura periodística.

Puede señalar errores, denunciar información falsa, exigir rectificaciones y responder públicamente.

Incluso puede criticar con dureza las prácticas de un medio.

Pero existe una diferencia entre refutar una noticia y descalificar personalmente a quien la publica.

Si un periodista difundió un dato incorrecto, la respuesta más contundente es mostrar el documento que lo contradice.

Si una acusación carece de sustento, corresponde explicar por qué.

Y si existen hechos concretos de corrupción periodística, deben denunciarse con pruebas.

Llamar corrupto a un periodista no demuestra que haya cobrado dinero. Del mismo modo, llamar delincuente a un presidente no demuestra que haya cometido un delito.

La exigencia de evidencia debe ser exactamente la misma.

Milei tiene una responsabilidad adicional porque habla desde la Presidencia de la Nación.

Su palabra puede movilizar a miles de seguidores y generar consecuencias para las personas señaladas.

Por eso, cuestionar los insultos presidenciales no significa conceder inmunidad a los periodistas.

Significa reconocer que la crítica pública puede ser firme sin recurrir a amenazas o agravios personales.

La violencia verbal no cambia de naturaleza según quién la pronuncie

Aquí aparece una de las contradicciones más incómodas del debate.

Algunos comunicadores denuncian correctamente los insultos del presidente, pero participan de formatos donde predominan las burlas, las descalificaciones y los ataques personales.

Esa conducta también merece ser cuestionada cuando ocurre.

No obstante, sería incorrecto afirmar que todos los periodistas actúan de esa manera.

Tampoco corresponde equiparar automáticamente cualquier crítica dura con una amenaza.

Una investigación incómoda no es violencia por el solo hecho de incomodar.

Una pregunta insistente no constituye una agresión porque al funcionario no le guste responderla.

Pero una humillación personal, una acusación falsa o una campaña de hostigamiento no se vuelven aceptables simplemente porque provengan de un estudio televisivo.

La libertad de expresión protege el derecho a criticar. No convierte cada crítica en verdadera ni elimina la responsabilidad por lo que se afirma.

El desafío es defender ese principio incluso cuando el destinatario de la crítica es alguien con quien no simpatizamos.

¿Quién controla al cuarto poder?

Los medios de comunicación tienen una influencia considerable sobre la opinión pública.

Seleccionan temas, deciden qué hechos destacan, eligen titulares y establecen prioridades informativas.

Eso no significa que todos respondan a intereses ocultos.

Significa que ejercen una actividad con consecuencias públicas.

Y toda actividad con consecuencias públicas necesita mecanismos de responsabilidad.

La respuesta no es establecer una autoridad política que decida qué puede publicarse.

Sería una amenaza directa a la libertad de prensa.

La respuesta pasa por fortalecer prácticas profesionales: verificar información, identificar fuentes, separar noticia y opinión, publicar rectificaciones y ofrecer oportunidades razonables de respuesta.

Los lectores también cumplen un papel importante.

Pueden contrastar medios, revisar documentos originales y exigir correcciones.

El mejor control del periodismo no es la censura. Es más información, más transparencia y más periodismo.

El presidente no es intocable. El periodista tampoco.

La democracia necesita una prensa capaz de investigar al Gobierno sin miedo.

Pero también necesita ciudadanos capaces de cuestionar la calidad de esa prensa.

El presidente no puede pretender que una elección lo coloque por encima del escrutinio público.

El periodista tampoco debería creer que su profesión lo coloca por encima de la crítica.

Hay una diferencia importante entre ambos.

El presidente administra poder estatal y está sujeto a responsabilidades institucionales especiales.

El periodista no ejerce ese mismo poder, aunque pueda tener una influencia pública considerable.

Por eso las responsabilidades no son idénticas.

Pero ambos deben responder por sus afirmaciones.

La credibilidad no se consigue exigiendo respeto. Se construye demostrando rigor.

Y eso vale tanto para quien gobierna como para quien informa.

? Reflexión Capibara: ni jueces con micrófono ni presidentes con megáfono de insultos

Milei acusa a periodistas de mentir.

Periodistas acusan a Milei de atacar la libertad de expresión.

Las organizaciones profesionales denuncian hostigamiento.

Y una parte de la sociedad observa una discusión en la que cada sector parece convencido de que el problema siempre está del otro lado.

Pero hay una pregunta que no debería perderse.

¿Quién está defendiendo el derecho del ciudadano a recibir información confiable?

Porque el periodismo no existe para proteger a los periodistas.

Existe para informar a la sociedad.

Y el Gobierno no existe para proteger la imagen del presidente.

Existe para administrar los asuntos públicos y rendir cuentas.

Si Milei considera falsa una noticia, que presente los datos que la desmienten.

Si un periodista considera que el presidente cometió una irregularidad, que exponga las pruebas y explique qué está comprobado y qué continúa bajo investigación.

Si un medio se equivoca, que rectifique.

Si un funcionario miente, que responda.

Y si cualquiera de ellos recurre a insultos, que no pretenda convertir su agresión en una virtud democrática.

Capibara Press no necesita elegir entre un presidente que insulta y un periodismo que, cuando pierde el rigor, puede convertirse en tribunal mediático.

La defensa de la libertad de expresión exige proteger la crítica al poder.

La defensa del periodismo exige proteger la verdad de las distorsiones.

Y la defensa de la democracia exige que nadie se adjudique el monopolio de la razón.

Porque cuando el presidente deja de responder preguntas para insultar y cuando un periodista deja de investigar para condenar sin pruebas, ambos empobrecen el debate público.

EL PRESIDENTE NO ES JUEZ DEL PERIODISMO.

EL PERIODISTA NO ES JUEZ DEL PRESIDENTE.

Y EL CIUDADANO NO TIENE POR QUÉ ACEPTAR QUE NINGUNO DE LOS DOS LE VENDA SUS INSULTOS COMO SI FUERAN VERDADES.

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